Un sueño real como la vida misma

Si estas leyendo estas líneas seguramente es por que habrás recorrido el mismo camino que yo, que nosotros, que cientos de personas que tras intentarlo todo e incontables fracasos y frustaciones, habéis encontrado, tal vez, la que podría ser la última puerta por abrir. Y sentís miedo, y curiosidad, y escepticismo. Mi historia podría ser la vuestra; tratamientos diversos, pruebas, intentos fallidos… Mi historia podría ser la vuestra, hasta que un día cambió. Vosotros también podéis cambiarla.

Era el 8 de junio de 2016. Pabellón Maternal del Hospital número 1 de Kiev, Ucrania. Marcamos el botón de la planta 7. Íbamos cubiertos con una bata, gorro y peucos profilácticos; requisito del centro para acceder a la sala de maternidad. Cuando salimos del ascensor nuestra acompañante traductora nos indicó que la siguiéramos a través de un largo pasillo. Al final y tras unas puertas de cristal, una enfermera sonriente y grandona nos condujo hasta una cunita de metacrilato y nos invitó a acercarnos. Ya antes de llegar no podía contener las lágrimas. No podía ser verdad. Aquel paquetito envuelto en una sábana de franela con dibujitos como una crisálida,  era mi hijo. Mi hijo. Me temblaban las piernas, las manos, todo mi cuerpo. Estaba allí. Aun no le había visto la carita pero, fuese como fuese, ya era mio, nuestro y para siempre. Y le di mi primer biberón.

Ramon llegó a nuestras vidas cuando yo tenía 51 años y mi marido 55. Yo he sido de esas mujeres que han primado su carrera profesional a la maternidad y cuando quise rectificar ya no estuve a tiempo. Pero mi travesía empezó con 36 años con un primer aborto, y luego otro y otro, y así hasta los últimos intentos con “in vitro” a los 49. Luego he sabido que por un problema de tiroides probablemente nunca, ni con 21 años, habría podido ser madre.

Nuestra inquietud como pareja nos llevó a informarnos de otras vías alternativas, entre ellas la adopción internacional; pero cayeron por fortuna en nuestras manos unos artículos que hacían referencia a la “gestación subrogada”, algo que solo me sonava a Ricki Martin, Miguel Bosé o Elton John. Pero como ya habíamos llegado al infeliz final del viaje quisimos saber más. Nos informamos, nos pusimos en contacto con personas especializadas y nos aseguraron que si todo salía bien y a la primera, en un año y medio tendríamos a nuestro hijo. Ese pronóstico fue un 5 de enero de 2015, y Ramon nacia exactamente un año y medio despues.

Desde la confirmación del embarazo hasta el día del parto, fuimos informados puntualmente de la evolución del bebé, de la salud de la madre gestante y de cuantas pruebas y analíticas se le hacían. Cada mes llegaban a nuestro correo electrónico informes médicos y vídeos de las ecografías. Estábamos a 2500 kilómetros de distancia, nuestro futuro hijo iba creciendo poquito a poco allí, mientras que nosotros hacíamos nuestra vida cotidiana aquí. Yo no quería ni pensar, ni contar las semanas, los meses. No me lo podía creer. Seguía el proceso con total escepticismo a pesar de que por primera vez en mi vida, el bebé si estaba en camino. Y finalmente llegó el día en que una llamada telefónica nos confirmó el nacimiento de Ramon. De verdad que hasta que no me asomé a su cunita en el hospital no tuve la certeza de que sí, de que por fin era cierto, de que teníamos un hijo, querido y deseado durante tantos años.

Todo fue legal, limpio y transparente. El niño obtuvo su nacionalidad española desde el primer momento. Hijo biológico de mi marido y adoptado por mi. Lo cuidamos des de el mismo día de su nacimiento y posterior alta médica de la maternidad. En el proceso de su llegada a nosotros intervinieron como agentes biológicos mi marido y la donante de óvulos (yo ya era mayor para emplear los míos), y una madre gestante. De la parte clínica, técnica y burocrática se encargó la mejor tecnología de Ucrania, unos estupendos abogados, el consulado español en Kiev. Al cabo de un mes,  viaje para España.

Nos costó un dinero, sí, preparar documentación y papeleo, también: pero no más que lo que durante todos estos años habíamos invertido en tratamientos y pruebas frustradas. De lo único que nos arrepentimos mi marido y yo es de haber tardado tantos años en llegar a este punto. De haberlo sabido habríamos iniciado esta aventura mucho tiempo atrás, y ahora probablemente ya tendríamos dos hijos y muchos menos disgustos y desazones a nuestras espaldas.  Pero pienso que nuestro hijo Ramon ha llegado cuando tenía que llegar. Ha sido un regalo que nos ha dado la vida.

Desde esta página y con mi vivencia, me gustaría poder destapar ese tupido velo de tabú que envuelve a estos procesos absolutamente legales y naturales que varios países del mundo admiten. Quisiera poder desmitificar algunos estigmas que algunos medios de comunicación o grupos de opinión han gravado en la piel de esta práctica de reproducción asistida, que hoy por hoy, para muchas personas es la única y tal vez la última oportunidad de ver su sueño cumplido: ser madres/padres.

LLUÏSA.